10 de julio de 2026 19:30h
En el auge de la transformación del arte urbano desde finales de los años noventa, CRUCE emerge como parte de una constelación de lugares que redefinen el modelo clásico de espacio expositivo y se inscribe cómo una iniciativa que busca desplazar los formatos institucionales y tradicionales del arte contemporáneo. Lejos de consolidarse como institución fija, su trayectoria se articula desde la apertura sostenida de un espacio que evita definirse de manera cerrada.
La asociación, fundada en Lavapiés en 1993, se desmarca de la constante búsqueda de resultado en la que nos vemos sumidos. Ante una lógica en torno al capitalismo afectivo, CRUCE se posiciona como un espacio en el que disfrutar y saborear el proceso. No hace falta definirse, no hace falta cumplir objetivos. Solo hace falta apostar por la creación y el pensamiento colectivos.
Cualquier artista o interesado en la cultura puede asociarse y participar asiduamente del espacio, compartiendo quehaceres y habitando los “sinquehaceres” con cuotas variables que se adaptan a cada bolsillo.
CRUCE puede entenderse como un atlas dentro del propio ecosistema, activando significados en vez de fijarlos. Su indefinición no es una carencia de forma, sino una condición estructural que permite que cada proyecto reconfigure temporalmente el lugar. En este espacio se enmarcan diferentes áreas, como Artes, Danza, Música, Editorial y Pensamiento, siendo de esta última partícipe el artista, Nacho Angulo. El grupo de Pensamiento Contemporáneo de CRUCE lo define el artista como “encuentros al mismo tiempo clásicos y contemporáneos, nunca académicos”. Con una notable influencia empírica, a raíz de su participación en este grupo, Nacho Angulo presenta ¿Cuántos atlas se necesitan para construir el mundo?
En esta muestra, la comisaria de la exposición, Concha García, entiende la acción de mapear como un modo de sumergirse en lo desconocido, abriendo un interrogante continuo sobre sus propios límites: “redibujando aristas y fronteras, se va desplegando lentamente su atlas, a ratos mapa portulano, mostrando líneas y bordes como puertos en los que atracar, que devienen valles, que devienen simas, que terminan enterrados, como un pasado geológico poblado de ruinas”. Mapear se plantea así como una inmersión en lo desconocido, una forma de conocimiento que parte de lo que aún no ha sido fijado.
La exposición de Nacho Angulo se sitúa en ese umbral, en la práctica de un “punto de la vida” desde el que el mundo se ancla y se reconfigura. Desde esta perspectiva, la mirada sustituye a la cuadrícula y el mapa recupera su dimensión material: peso, textura, afecto y relación como modos activos de conocimiento del espacio.
El viernes de 10 de julio a las 19.30h tendrá lugar un coloquio-debate de entrada libre a partir de la exposición de Nacho Angulo. En la mesa de debate participarán Zacarias Marco, Hugo Savino, Concha García y Nacho Angulo. El encuentro incluirá la irrupción de una performance por el grupo P-r-y-c-t-s : Araceli López, Denisse Nadeau y Esperanza Molleda, que se activará dentro del propio desarrollo del evento.
NACHO ANGULO
La práctica de Nacho Angulo se sitúa en un lugar que no es tanto un territorio como una condición: el “punto de la vida”, entendido no como coordenada fija sino como umbral de aparición de lo real. Desde ahí, el mapa deja de ser una herramienta de orientación para convertirse en un proceso de pensamiento material, donde cada trazo es también una forma de experiencia.
Este desplazamiento supone una crítica implícita a las formas cartográficas heredadas de la modernidad, basadas en la estabilidad, la cuadrícula y la proyección abstracta del espacio. Frente a ello, el trabajo propone un régimen intensivo del mapa, donde el espacio no se extiende sino que se pliega y se transforma. El mundo no aparece como superficie neutral, sino como materia viva atravesada por fuerzas, resistencias y metamorfosis.
En este sentido, el atlas que se despliega no busca representar un orden previo, sino producir relaciones. El gesto de mapear se convierte así en un acto de ensamblaje continuo, donde dibujo, geología y escritura se confunden en una misma operación. Cada pieza funciona como fragmento de una cartografía en devenir, donde los bordes no delimitan sino que se activan como zonas de tránsito.
Esta lógica de montaje y resonancia sitúa la propuesta en una proximidad evidente con Aby Warburg y su concepción del atlas como dispositivo de pensamiento visual. Al igual que en el Atlas Mnemosyne, el sentido no se impone de forma narrativa, sino que emerge en los intervalos, en las correspondencias inesperadas entre formas, tiempos y materiales.
En el contexto de CRUCE, esta condición se intensifica. La indefinición del espacio no actúa como ausencia de forma, sino como apertura estructural a lo indeterminado. La exposición se inscribe así en un campo donde ni el mapa ni el lugar están cerrados, y donde la experiencia se organiza como una polifonía en estado de formación: una cartografía inestable de lo que aún está por venir.
